20081022

El Demonio Ángel

Cual gótica gárgola, el demonio ángel observaba la ciudad desde su torre favorita de la catedral. El desinterés dibujado en su rostro no podía ser mayor mientras desfilaban frente a él los cotidianos peatones, como hormigas en una carrera monótona e interminable. Ser anfitrión a los primeros minutos del anochecer cada jornada se había vuelto una costumbre tediosa, sin embargo, presenciar la victoria del manto nocturno frente a los decadentes rayos de sol era un opio emocional al que se había vuelto adicto y del que no podía prescindir. Entonces, no tenía otra opción más que observar a los transeuntes y esperar, esperar a que llegara el tan ansiado momento de la transformación. Identificó algunas caras conocidas. Para estos momentos seguramente había visto por lo menos una vez a cada habitante de la ciudad, pero pocos captaban suficientemente su interés como para recordarlos. Debían encontrarse en un extremo u otro del espectro espiritual para llamar su atención. Este crepúsculo en particular había traído consigo muchas almas obscuras a la calle. Esta noche habría problemas, lo podía constatar por la presencia en extraordinarias cantidades de pequeños y grotescos demonios que ya se arrastraban entre las sombras, esperando el momento idóneo para abordar algún "obscuro" y plagar su mente con sugerentes ideas de autodestrucción. No podía evitar sentir un profundo desprecio por esos seres corruptos y cobardes, cuyo modus operandi estaba fundamentado en la ignominia. Él siempre prefería dar la cara, a amigo o enemigo, para bien o para mal; hacer cada asunto personal y enfrentar las consecuencias. No creía en esconderse. No creía en mentir. Cosa extraña, ya que tanto sus parientes angélicos como los demoniacos, si tenían algo en común, era eso: actuar en secreto, operar desde lo oculto, no asumir riesgos ni responsabilidades. Lo único que podía haber heredado de ambos bandos era lo que no tenía, lo que realmente lo hacía diferente, y se lo debía a lo único que compartía con los mortales: El libre albedrío. Tal vez por eso se sentía más cercano a esos frágiles y volubles seres que con sus medios hermanos de sangre, ya sea los de la luz o los de las sombras. En su ser se conjuntaban todas las contradicciónes y los opuestos, el bien y el mal, lo claro y lo obscuro, un alma atrapada en un cuerpo inmortal, las pasiones, los deseos, las sensaciones, los sentimientos y la fría racionalidad, la inteligencia y la posibilidad de lograrlo todo, el poder, pero sin la oportunidad. No pertenecía a nadie, a ningún lugar; pero nada ni nadie pertenecía a él. Tenía lazos sanguíneos con todas las criaturas celestiales e infernales, pero estaba solo. Si, irónicamente se identificaba más con aquellas inferiores criaturas terrestres, que tenían más en común con él dentro de sus propias contradicciones, que con aquellos seres elevados o caídos quienes compartían su inmortalidad. Such is fuckin' life. Sonrió. Se encontraba en medio de estas elucubraciones cuando un destello azul llamó su atención. Fue entonces cuando la vio por primera vez, gracias al último rayo de sol sobre una escama furtiva: La mujer dragón.